Hundo mis ojos en la cuenca avasalladora de tus ojos.
Sumerjo mi mirada, entre el cortinaje cristalino; del elíptico vaivén de tus sugerentes miradas.
Entro en el hueco de tu alma, ingreso mi piel a tu piel, mis manos se rebelan libres en las carreteras vírgenes de tu carne.
Bebo de tu lengua, el éxtasis que me devuelven a la vida, tras cada espolonazo de muertes, entre tus amores de tiernas agonías.
Gimes, yo gimo, mientras se descuelgan de mi frente gotas de libido, de aullidos y caricias.
Me miras, te miro, me tocas, te toco. Me amas, te amo; mientras se funden nuestros cuerpos en la línea imaginaria de tu cintura.
Acabamos en armonía nuestra batalla, de noche y día acabamos en paz, mientras preparamos nuevamente nuestras armas; para la próxima batalla.
s.m.r
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